DIA DE LA CRUZ EN SANTA CRUZ
Jueves, 03 de Mayo de 2012 13:17
administrador
3 DE MAYO DE 2012
DIA DE LA CRUZ
Hoy 3 de mayo en canarias celebramos el día de la Cruz, En muchas ciudades y pueblos es un día festivo y se celebra con gran fervor esta festividad en torno a la Cruz. Es tradición que en nuestras casas y en los puntos más importantes de los pueblos y ciudades se engalanen cruces con flores. En sitios como en los Realejos, Santa Cruz de la Palma, Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife y muchos más pueblos en la fiesta más importante del año.
Muchas de nuestras calles se convierten en una gran exposición de cruces enramadas con flores y los más pequeños realizan también sus cruces con materiales reciclados de sus colegios y aulas.
Las asociaciones de vecinos de muchos barrios se pasan toda noche preparando sus cruces para que puedan ser visitadas durante el día de hoy.
Al centro de las ciudades y pueblos más importantes llegan visitantes y turistas de toda la isla para poder ver y disfrutar de la exposición de cruces.
Para que tengáis una muestra de lo que es vivir para nosotros el día de la Cruz. Aquí os muestro algunas de estas cruces que se encuentran repartidas por todos los rincones de las ciudades y pueblos de mi isla. Solo puedo poner una pequeña muestra del buen hacer y del fervor de nuestra gente ya que sería imposible por tiempo hacer un recorrido más amplio.
Muchas gracias y que disfrutéis con estas efímeras obras de arte que solo podemos ver durante un día, el día de Cruz.
Actualizado ( Jueves, 03 de Mayo de 2012 13:56 )
LAS PARABOLAS DE JESUS
Martes, 01 de Mayo de 2012 23:01
administrador
Las Parábolas de Jesús
Más que temas de información y formación, las parábolas son guías de meditación, individual o comunitaria, que llevan a la transformación.
El género "parábola"
El término castellano "Parábola" que, lejanamente traduce al hebreo mashal, puede ir del símil al proverbio, enigma, símbolo, seudónimo, motivo, ejemplo, ejemplo, refrán, comparación, adagio, chiste, dicho agudo, cuento corto, misterio, fábula, figura, ficción, alegoría, revelación, argumentación, disculpa, objeción y metáfora.
En otras palabras, el mundo de la parábola bíblica abarca las áreas de la comparación, alegoría, ilustración y ejemplificación.
El Nuevo Testamento es "nuevo" por dar el mensaje definitivo de Dios a la humanidad en Jesús. El mismo es la gran PARÁBOLA DE DIOS en su obra, palabra y vida.
Además, Jesús utilizó la parábola en su enseñanza. Al hacerlo, pretendía despertar:
· actualizaciones de la verdad de Dios,
· pistas de reflexión,
· ilustraciones de una realidad,
· enseñanzas moralizadoras,
· compromisos para la vida práctica,
· y motivaciones para ser, pensar, vivir y obrar.
La parábola pertenece al mundo de lo sapiencial, es decir: al de la sabiduría de la vida, hecha palabra y modelo. Por ello, no es una norma, costumbre, historia o reporte, sino:
· un consejo o advertencia qué tomar en cuenta (meditación);
· una invitación y provocación a buscar respuestas (interpelación)
· un símbolo por descubrir y con el cual sintonizar (enseñanza).
· una verdad qué aprender a calibrar y comprobar (aceptación);
Estudio de las parábolas de Jesús
Toda lectura de la Sagrada Escritura debe seguir un método para ser provechosa y no sólo pasatiempo. El método que aquí se propone es sencillo y sigue seis pasos:
1. Texto: leer primeramente el o los testimonios del o de los evangelios;
2. Contextos: examinar el entorno (antes, después, lenguaje, palabras, frases...);
3. Análisis: buscar pistas para la reflexión detenida del texto evangélico;
4. Sentido y mensaje: callar para permitir que el texto motive cambios de actitud;
5. Entrevista con Dios: formular preguntas directas de Dios a la persona (o comunidad) que pueden ser respondidas privada o públicamente (comunitariamente);
6. Compromisos: no proponer recetas qué seguir, sino sólo sugerencias que ayuden a enderezar tanto comportamientos como actitudes y acciones.
Más que temas que dan información y for mación, las parábolas son unas guías de meditación, individual o comunitaria, que llevan a la transformación.
Por ello, cada parábola puede trabajarse en forma de meditación personal o como sesión grupal de estudio, pero orientada al compromiso.
Las parábolas de Jesús
El catálogo siguiente de dichos, parábolas, comparaciones, ejemplos y alegorías:
- propone nuevos títulos para leeerlas con una perspectiva más consciente;
- sugiere un nuevo enfoque para cada ejeemplo de Jesús;
- induce al lector a asimilar estos texttos sin más compromiso que buscar el Reino de Dios propuesto por el Maestro;
- lleva al lector no sólo a leer,, sino a meditar, interiorizar y asimilar sus mensajes.
INDICE GENERAL
1. El médico y sus enfermos (Mc 2,17);
2. El esposo y sus compadres (Mc 2,18-20; Mt 9,15; Jn 3,29-30);
3. El sastre y el cantinero (Mc 2,21-22);
4. El hombre fuerte y el ladr ón (Mc 3,27);
5. El sembrador (Mc 4,3-8; Mt 13,3-8; Lc 8,5-8);
6. El predicador y su auditorio (Mc 4,13-20; Mt 13,18-23; Lc 8,11-15)
7. El labrador paciente (Mc 4,26-29);
8. El jardinero confiado (Mc 4,30-32; Mt 13,31-32; Lc 13,18-19);
9. El hombre limpio (Mc 7,14-23; Mt 15,10-20)
10. Los discípulos atrevidos (Mc 8,34-38; Mt 16,24-28; Lc 9,23-27)
11. El niño inocente (Mc 9,35-37; Mt 18,1-5; Lc 9,46-48)
12. Los primeros y los últimos (Mc 10,31; Mt 19,30; 20,16; ; Lc 13,30)
13. El mago de los imposibles (Mc 11,22-23; Mt 17,20; 21,21)
14. Los viñadores perversos (Mc 12,1-11; Mt 21,33-44; Lc 20,9-18);
15. El hombre doble y equivocado (Mc 12,38-40; Mt 23,6-7; Lc 29,45-47);
16. El campesino sagaz (Mc 13,28-29; Mt 24,32-34; Lc 21,29-33);
17. Doña Sal y Doña Luz (Mt 5,13 -14);
18. El hombre y la vela (Mt 5,15-16);
19. El enojón y el ofensivo (Mt 5,22)
20. El donador verdadero (Mt5,23-24)
21. Los enemigos (Mt 5,25-26; Lc 5,58-59);
22. El hombre y la lámpara (Mt 6,22-23; Lc 11,34-36);
23. El trabajador con dos patrones (Mt 6,24; Lc 16,13);
24. El ciego y el lastimado (Mt 7,3-5; Lc 6,41-42);
25. El papá cuidadoso (Mt 7,9-11; Lc 11,11-13);
26. El recolector de fruta (Mt 7,16-20; Lc 6,43-44);
27. El hombre que supo escoger la entrada (Mt 7,13-14; Lc 13,24);
28. Los dos albañiles (Mt 7,24-27; Lc 6,47-49);
29. El patrón con pocos trabajadores (Mt 9,37-38; Lc 10,2)
30. Los niños y su juego (Mt 11,16-19, Lc 7,31-35);
31. El hombre y los espíritus dañinos (Mt 12,43; Lc 11,24-26);
32. El campesino y su enemigo (Mt 13,24-30);
33. La cocinera sabia (Mt 13,33; Lc 13,20-21);
34. El arqueólogo emprendedor (Mt 13,44);
35. El coleccionista arriesgado (Mt 13,47-48);
36. El pescador (Mt 13,47-48);
37. El jefe de familia (Mt 13,52);
38. El guardián (Mt 13,33-37; Lc 12,35-38);
39. El ciego guía (Mt 15,13-14);
40. R eyes y súbditos (Mt 17,25-26);
41. El escandaloso castigado (Mt 18,6-11)
42. El pastor auténtico (Mt 18,12-14; Lc 15,4-7);
43. El criado malcriado (Mt 18,23-35);
44. El rico y el camello (Mt 19,24)
45. El buen patrón (Mt 20,1-16);
46. Los hijos desiguales (Mt 21,28-32);
47. Los invitados a la fiesta (Mt 22,1-10; Lc 14,16-24);
48. El invitado descuidado (Mt 22,11-13);
49. El visitante intempestivo (Mt 24,27-28; Lc 17,23-24.37);
50. El ladrón (Mt 24,43-44; Lc 12,39-40);
51. El velador atento (Mt 24,45-51; Lc 12,42-46);
52. Las damas de compañía (Mt 25,1-13);
53. El prestamista y sus deudores (Mt 25,14-30; Lc 19-12-27);
54. El buen catador (Lc 5,39)
55. Los dos deudores (Lc 7,41-43);
56. El prójimo (Lc 10,30-37);
57. El vecino molesto (Lc 11,5-8);
58. El prepotente en acción (Lc 11,21-22)
59. El rico ambicioso (Lc 12,16-21);
60. El campesino y el tiempo (Lc 12,54-56);
61. El patrón y el jardinero (Lc 13,6-9);
62. El jefe de familia y las visitas inoportunas (Lc 13,24-30; [Cf. Mt 25,10-12]);
63. Cada invitado en su lugar (Lc 14,7-11);
64. El constructor y el guerrero (Lc 14,28-32);
65. La mujer y la moneda (Lc 15,8-10);
66. ¡Todo un papá! (Lc 15,11-32);
67. El empleado sagaz (Lc 16,1-8);
68. El rico y el pobre (Lc 16,19-31);
69. El asalariado (Lc 17,7-10);
70. El juez y la viuda (Lc 18,1-8);
71. El devoto y el hombre común (Lc 18,9-14);
72. El hombre espiritual (Jn 3,8);
73. El hombre celeste y el terrestre (Jn 3,31-34)
74. El vendedor de agua viva (Jn 4,13-14)
75. Los campesinos y la siega (Jn 4,35-38);
76. El hijo y el siervo (Jn 8,34-35);
77. El Señor del pan (Jn 6,35-51);
78. El caminante (Jn 8,12);
79. El ganadero y el intruso (Jn 10,1-5);
80. El guardián y el ladrón (Jn 10,7-10);
81. El pastor y el boyero (Jn 10,11-14);
82. El hombre que regaló su vida ( Jn 10,17-18);
83. El vivo y el difunto (Jn 11,25-27);
84. El caminante (12,24);
85. El hombre es como el grano (Jn 12,24);
86. El anfitrión y sus huéspedes (Jn 13,4-15)
87. El patrón y el sirviente (Jn 13,16; 15,20)
88. El hombre que se volvió camino (Jn 14,6-7);
89. El viñador y la vid (Jn 15,1-11);
90. La mujer que da a luz (Jn 16,21-22)
91. El joven y el viejo (Jn 21,18-19)
Las parábolas de Jesús proponen cambios de conducta en forma sutil, sin imposiciones ni la preocupación de gustar o no, de ser aceptadas o rechazadas, de motivar o alejar, de comprometer o de volver cínico a quien las escuche, lea o conozca.
El lector puede hace sus comentarios personales y sacar motivaciones sencillas:
· revisando los títulos propuestoos atrás o buscando otros más pertinentes, incisivos y directos que los tradicionales;
· explicando y comentando cada una de accuerdo a la vida y realidad actuales;
· personalizando sus mensajes para que llas personas imiten en su propia vida el dinamismo del proyecto de Dios escondido en estos textos;
· encontrando moralejas y orientaciones pastorales para hoy;
· y buscando para sí y para los ddemás la interpelación que Jesús hacía a los oyentes judíos de su tiempo.
La serie propone muchos textos y cada uno debe ser tratado en forma independiente con la misma propuesta: "Haz a los demás lo que esperas recibir de ellos" (Mt 7,12).
Resumen. Las parábolas de Jesús:
1. Son un lenguaje en imágenes y un instrumento útil para expresarse, relacionarse e involucrarse en la vida de los demás, como Dios en la nuestra;
2. Son también una proyección del ser humano, que dice lo que es y quiere, sus metas y aspiraciones, sus logros y fracasos, sus riquezas y debilidades;
3. Son recursos con que los humanos recrean, trabajan y redimen al mundo en que ha sido colocados;
4. Son un vehículo para transmitir la verdad de Dios, no como regla, sino con la fluidez y belleza poética de la comparación y el proverbio, el encanto de la motivación, el tino de la sugerencia y el alcance de la provocación que lleva al compromiso.
Conclusión
Jesús mismo es la gran PARÁBOLA DE DIOS que nos ha sido dicha no para saber más de Dios, sino para llegar a El; y la Biblia, un lenguaje parabólico que nos permite intuir el misterio del Creador, del hombre y de las relaciones entre ambos.
Jesús se sirvió de parábolas para comunicar y realizar la salvación, es decir:
- para dar el mensaje de Dios en lenguajje, acción y sentimientos humanos;
- para ser comprendido inmediata, directa y concretamente;
- para mostrar que Dios quiere de verdad al ser humano y se encarna en sus valores y lenguaje, en su cultura y forma de percibir la verdad.
Recomendaciones
1. Tener siempre el texto completo de la Biblia
2. Consultar las citas bíblicas y reflexionar los textos.
EL MENSAJE DE LAS PARABOLAS
Martes, 01 de Mayo de 2012 22:26
administrador
MENSAJE DE LAS PARÁBOLAS
El primer hombre que tuvo la idea de escribir, comenzó por dibujar o pintar casas, árboles, pájaros. Escribía como pensaba, con imágenes. El Oriente nos ha conservado sus antiguas escrituras ideográficas, y aun hoy día nos sigue familiarizando con esas imágenes que hechizan la «imaginación»', de una humanidad menos cerebral.
La «parábola» está en la línea de la imagen. Los Griegos la definían en su retórica como la yuxtaposición, a un pensamiento menos inmediatamente accesible, de una analogía bastante concreta para clarificar la idea abstracta. Todavía de esa manera enseña el maestro a sus discípulos. Y nosotros mismos, dentro de un discurso, intentamos avivar por medio de una parábola una atención que está languideciendo.
Entre los Semitas, la parábola se sitúa dentro de la «imagen» y posee una enorme riqueza de sugestión. Los Semitas se sirven de un mismo vocablo para designar todo eso que nosotros llamamos parábola, proverbio, fábula, comparación, alegoría, metáfora. En todo esto, los Semitas encuentran «la imagen» del lenguaje primitivo. Donde nosotros pensamos con «ideas», ellos piensan con «imágenes».
La imagen es como el punto de apoyo y la pista de lanzamiento de su inteligencia. Es también un símbolo que hay que «descifrar». En la imagen puede verse ya, en un grado variable, la «cifra» que nos lleva a una comprensión vislumbrada desde el principio. El arte supremo consiste en ocultar suficientemente el objetivo final, en velarlo y revelarlo al mismo tiempo. Cuando la cifra o la clave resulta inaccesible para el no iniciado, la imagen se convierte en un enigma.
Tal es el que Sansón proponía a los Filisteos: «Del que come salió lo que se come, y del fuerte salió la dulzura» (Jue 14, 14). Y al contrario, comprendemos sin dificultad adónde quiere ir a parar Natán, cuando inventa una historieta y se la cuenta a David: «Había en una misma ciudad dos hombres, uno rico y el otro pobre... El pobre no tenía nada fuera de una oveja... Llega un forastero a la casa del hombre rico; y éste le roba la oveja al pobre... David, cogido en el lazo, condena al rico. Y el profeta le dice: «Ese hombre eres tú».
El profeta, sin embargo, había subrayado vigorosamente la ternura del pobre para con su única oveja. Ahí estaba la cifra (2 Sm 12,1-15). En algunas ocasiones se trasluce la cifra hasta el punto de que será imposible no advertirlo con la simple lectura de la imagen. Tal es la alegoría: la imagen y su significación se combinan en un mismo relato, en una misma descripción. Esta unión de la imagen y de lo que la imagen significa alcanza la quintaesencia del arte en el profeta Isaías, en su «cántico de la viña». Los que le escuchaban sabían que Israel era la viña de Dios.
Pero Isaías la pinta con tal realismo que sus oyentes están viendo solamente los majuelos de sus colinas: «Mi amado tenía una viña en un fértil recuesto...». El viñador trata con dureza a su viña tan ingrata, y termina con estas palabras:
«Prohibiré a las nubes que dejen caer su lluvia sobre ella».
Se ha roto el velo de la alegoría. Todo el mundo la ha comprendido:
«La viña de Yavé Sebaot es la casa de Israel». (Is 5, 1-7).
Sin embargo, no se puede distinguir tan rigurosamente la parábola griega y la «imagen»~ semítica hasta abrir entre
ambas un foso infranqueable. ¿Pueden compararse dos
cosas sin que se establezca entre ellas un conjunto de
referencias mutuas? Por lo demás, las viejas civilizaciones de Grecia y de Oriente, principalmente en los tiempos evangélicos, se compenetraban de mil maneras en el arte, en la literatura, en la política, en la religión. Jesús, pues, se ha servido también de la parábola griega. Obligarle, como lo hacen A. Jülicher y sus nuevos discípulos, a servirse únicamente de ella, con exclusión de la «imagen», semítica en su forma alegórica, es una causa perdida; como lo demuestran a un mismo tiempo la exégesis concienzuda de las parábolas y su verosimilitud histórica. Las parábolas del Evangelio están todas ellas inmersas en el ambiente semítico.
No todas las parábolas del evangelio son claras como un cristal; y por eso, las explicaciones no son de ninguna manera superfluas. T. W. Manson hace notar que no todas las parábolas sinópticas pueden plegarse a la hipótesis de Jülicher. Por ejemplo, la parábola: «Al hombre no le contamina lo que en él entra, sino lo que de él sale» (Mc 7,15), es enigmática. Esa teoría, sigue diciendo Manson, nos llevaría a rechazar la autenticidad de palabras como Mc 4, 11s. Y si renunciamos a tratar tan radicalmente el material evangélico, tenemos que revisar la definición de parábola.
Y esto nos lleva a comenzar nuestra investigación por la retórica del Antiguo Testamento más que por los «retóricos» de Occidente. Eso es precisamente lo que nosotros vamos a hacer.
¿Podría Dios hablarnos de otra manera que no fuera en «imágenes»? Antiguamente, Dios se revelaba a los «videntes» y a los «adivinos» por medio de «signos». Las visiones proféticas son «imágenes». Dios anuncia al profeta Amós el destino de Israel de esta manera:
«He aquí lo que me hizo ver el Señor: una canasta de frutas maduras. Y me dijo: ¿Qué ves tú, Amós? Yo respondí: una canasta de frutas maduras. Y el Señor me dijo: Mi pueblo Israel está maduro, ha llegado a su fin». (Amós 8, 1-2)
Amós había visto cientos de veces las canastas con las frutas maduras. Pero ese día, el profeta contemplaba esa canasta como si no la hubiera visto nunca. Sabía por instinto que Dios quería que la mirara, y que la canasta iba a significar algo, uno de esos secretos que Dios comunica a sus siervos los profetas. Dios guiaba la inteligencia del profeta para que descubriera, bajo el velo de una «imagen», una realidad más profunda.
A lo largo de todo el Antiguo Testamento, Dios se irá sirviendo de este procedimiento de revelación. En el primer instante, una imagen que se presenta súbitamente en una luz religiosa, un sueño, un relato, el encontrarse con un espectáculo inesperado, suscitan una iluminación intelectual vaga y borrosa todavía. De esta intuición arranca Dios para ir precisando su pensamiento.
Recordemos algunas etapas de esta larga historia. Son conocidas las aventuras matrimoniales de Oseas. El profeta atribuye a su matrimonio con Comer, hija de Diblayim —matrimonio real o ficticio—, una significación simbólica, que se le va revelando, paso a paso, en la explicación de los nombres que Dios impone a los hijos de esa union desgraciada, con la finalidad de anunciar el futuro de Israel (Os 1,2-2,3).
La visión de la plaga de las langostas, al comienzo del libro de Joel, sirve de apoyo a una descripción del terror del día de Yavé (descripción que tiene como marco una liturgia de lamentaciones y de súplicas).
El cántico de la viña de Isaías —es otra etapa— nos lleva hasta Ezequiel y su célebre alegoría del águila, del cedro y de la viña. El tema de la revelación no puede estar ahí más claro:
«Me fue dirigida la palabra de Dios: Hijo de hombre, propón un enigma y presenta una parábola a la casa de Israel. Di: Así habla el Señor Yavé: La gran águila de grandes alas y de largas plumas, cubierta de plumaje de varios colores, vino al Líbano y tomó el cogollo del cedro; arrancó el principal de sus renuevos y lo llevó al país de los mercaderes».
En seguida se ha reconocido a Nabucodonosor y a sus expediciones. El renuevo se convierte en una viña cada vez más exuberante. No debemos asombrarnos al ver un retoño de cedro que produce una viña, porque es la viña de Isaías y de toda la tradición profética. La alegoría continúa, cada vez más complicada, de modo que se impone una explicación:
«Me fue dirigida la palabra de Yavé: ¿No sabes lo que significa esto ? He aquí que el rey de Babilonia ha venido a Jerusalén...».
En el mismo tono, y como conclusión de la alegoría, Dios renueva sus promesas mesiánicas, que no necesitan explicación:
También yo tomaré del cogollo del cedro elevado, arrancaré un vástago del principal de sus renuevos; y lo plantaré yo mismo sobre una montaña muy alta.
Yo lo plantaré en la montaña alta de Israel. Echará ramas y dará fruto y se convertirá en un cedro magnifico.
Bajo él habitarán los pájaros de toda clase, toda clase de aves morará a la sombra de sus ramas.
Y conocerán todos los árboles de la selva que yo soy Yavé, que humillo al árbol sublime y levanto al árbol humillado... (Ez 17, 1-24)
Nabucodonosor nos lleva al Libro de Daniel, y éste nos proporciona una última etapa, en los umbrales de lo apocalíptico. Los sueños de Nabucodonosor—los sueños pertenecen a la familia de los símbolos—revelan misteriosamente el porvenir. Para comprender su significación, el rey apela inútilmente a sus sabios. En cambio, Daniel, el joven hebreo, recibe por revelación la explicación de las visiones y declara al rey: «En el cielo hay un Dios que revela los misterios y que ha hecho conocer al rey Nabocodonosor lo que ha de suceder al final de los días» (Dn 2, 28).
Oímos aquí por primera vez la palabra «misterio», preludio de la revelación de los secretos del Reino en el Nuevo Testamento. Las venas que encontramos en el Antiguo Testamento tienen su continuación en la enseñanza de Jesús, y de manera particular el empleo de la parábola como método de revelación. El Maestro galileo es el heredero de los profetas.
Por otra parte, el entronque de sus parábolas con las de Amós o Isaías no resta nada a su originalidad y a su arte. La originalidad de los antiguos no consistía en renegar de la tradición de los maestros anteriores, sino que se inscribía dentro de su misma línea, pisando sus huellas. Amós e Isaías eran grandes poetas. Por repetir su arte, e incluso por imitarlo, no pierde nada de su espontaneidad y de su frescura la poesía de Jesús. Sus parábolas, ha escrito C. H. Dodd, tienen una alta calidad imaginativa y poética: son verdaderas obras de arte. Ahora bien, en aquella pequeña sociedad humana que es la Palestina de los comienzos de nuestra era, los poetas no se contaban por miles.
Ni los monjes de Qumrán, ni la secta de los Fariseos poseían, dentro de lo que nosotros conocemos, ese sentido de la naturaleza que hace a los poetas. Tampoco lo poseían los evangelistas: ni san Marcos, excelente narrador, ni san Lucas, que sabe escribir, son poetas. Ni debían estar más familiarizados con este arte aristocrático los pescadores del lago de Genesaret, o los hombres del fisco, o las sencillas mujeres de Galilea. La grandiosidad del sentido religioso que revelan las parábolas, ese pensamiento religioso, profundo y transparente, como es el de Jesús, con el frescor de su poesía, ¿no son suficientes para destacarle como un genio único entre sus contemporáneos? Se habla mucho de una vida de la «tradición», en la comunidad cristiana, cuando lo «escrito» no había sido todavía enteramente fijado. Pero ¿tenemos lo suficientemente presente que la «tradición» no tiene como misión «crear» los recuerdos, sino conservarlos? ¿Es posible que la comunidad cristiana atribuyera a Jesús unas parábolas recogidas de su ambiente, más bien que reproducir indefinidamente las creaciones artísticas con las que Jesús había enriquecido su tesoro? J. Jeremías, uno de los mejores conocedores de los orígenes cristianos y del judaísmo, ha escrito con razón: «Las parábolas son un trozo de roca sobre la cual se ha edificado la tradición.
En efecto: generalmente se admite que las imágenes se graban más profundamente en la memoria que cualquier idea abstracta. Y cuando se trata de las parábolas de Jesús, hay que añadir que reflejan fielmente, con una notable nitidez, la «Buena Nueva» que Jesús anuncia, el carácter escatológico de su predicación, la gravedad de sus llamamientos al arrepentimiento y de sus conflictos con el fariseísmo. Por otra parte, detrás del texto griego se deja siempre entrever la lengua materna de Jesús; y el mismo contenido de sus imágenes está arrancado de la vida diaria de Palestina».
Nuestra primera preocupación será escuchar la voz auténtica de Jesús. Es un trabajo de exegeta. Unicamente esta voz es la realmente eficaz. Dodd y Claudel, desde dos polos diametralmente opuestos, expresan casi de la misma manera la eficacia de las parábolas. Ninguna pedantería exegética, viene a decir Dodd, puede impedir que los que tienen «oídos para escuchar», según la expresión de Jesús, lleguen a experimentar cómo las parábolas «hablan a su propia condicion».
Paul Claudel hace decir a Cristo: «Los milagros son signos. Pero también las figuras y las parábolas son signos, acontecimientos esquemáticos ante el espíritu. No son un medio de retenerme, sino de seguirme, de seguir a algo que, pasando por en medio de vosotros, va más allá de vosotros».
Para Claudel, en la Biblia, todo es una parábola o una imagen que simboliza algo. «Nosotros sabemos—sigue diciendo Claudel—lo que es un león, un águila, un cedro. Y cuando se los nombra ante nosotros, hay dentro de nosotros algo que se amolda, que se modela a su semejanza, que toma su forma y su color. Cuando se nos cuenta la parábola del hijo pródigo y la historia de Absalón, nos convertimos alternativamente en el padre y en el vagabundo, en el viejo rey cuando la huida y en su hijo traspasado. Nos hacemos Elías y el Samaritano, y ese mezquino Heliodoro fustigado por los ángeles, y ese Nabucodonosor con cuatro patas y hasta con cinco como se le puede admirar en el Louvre. Todo nuestro ser se transforma en alguien que escucha y que ve; todas nuestras facultades quedan como en suspenso en beneficio de la atención y de la imaginación. En un instante, el artista consumado nos ha convertido en lo que él quiere».
Salgámonos de la literatura. Cualquier obra de arte, si es una obra magna y auténtica, nos habla directamente al alma y nos eleva hasta el ideal del artista. Pero cuando el artista es al mismo tiempo el que revela los misterios de Dios, la literatura misma se convierte en revelación.
Las parábolas evangélicas representan las realidades divinas. Elegidas a ciencia y conciencia por Nuestro Señor, llevan en sí mismas, aun hoy día. el pensamiento y la vida del artista divino. Es cierto que encantan y fascinan como todo lenguaje y toda literatura; pero el que las ha pronunciado es el Verbo de Dios. Y este Verbo garantiza a las parábolas su semejanza con el original divino hacia el cual nos están arrastrando. Nuestro Señor no ha olvidado las parábolas.
Cuando las estamos meditando, su gracia, presente en nuestro interior, imprime las imágenes en nosotros y nos va identificando con ellas. Esta es la razón de que el exegeta se esfuerce por llegar a alcanzar la palabra de Cristo, tal como esa palabra nos ha sido dada en un momento histórico, en una provincia de Palestina, en el pueblo judío, con sus circunstancias temporales, geográficas, políticas y con toda la herencia de un pasado religioso que ha reverdecido. A través de todo este ropaje, apenas un velo, la voz profunda de la revelación del Hijo de Dios, que ha querido ser hombre antes que judío, adquirirá una mayor resonancia. Y herirá nuestro corazón, despertando en él una connaturalidad con la obra divina que duerme en nosotros y que tendremos que precisar, si queremos interpretar de verdad las intenciones del Maestro.
Con la voz de Jesús, escucharemos también la voz de la tradición católica: tenemos el deber y el derecho de hacerlo. Nos ceñiremos a tres grupos de parábolas, que son, por otra parte, las que el pueblo cristiano lee una y otra vez con más gusto. Queda trazado de esta manera el plan de nuestra obra. En ella iremos recorriendo sucesivamente las parábolas del Reino, las de la nueva Justicia y las que nos ayudan a franquear el umbral de la eternidad.
LA PASCUA DIA A DIA CUARTA SEMANA
Sábado, 28 de Abril de 2012 09:40
administrador
Cuarta Semana de Pascua
EN LA ESCUELA DE TOMAS
La puerta cerrada de mi corazón (Jn 20,19)
«En la tarde de aquel día, el primero de la semana, y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: "iLa paz esté con vosotros!"» (Jn 20,19) . El Resucitado atraviesa las puertas cerradas. El miedo de los discípulos no le detiene a la hora de atravesar las puertas atrancadas y de desearles la paz. Es un retrato maravilloso de la Resurrección. Con demasiada frecuencia cerramos nuestras puertas a los demás. No dejamos que nadie entre en nosotros. Nos escondemos tras un escudo de miedo. La Resurrección significa que ningún cerrojo ni ningún pestillo pueden evitar que el Resucitado llegue hasta nuestro corazón y penetre en nosotros. Y ninguna comunidad cristiana que se aísle de los demás puede impedir que el Resucitado se ponga en medio y la transforme conjuntamente.
La puerta es en muchos cuentos y leyendas un símbolo importante de la existencia del propio yo humano. El propio Jesús dice de sí mismo en el evangelio que se lee el domingo del Buen Pastor: «Yo soy la puerta; el que entra por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastos» (Jn 10,9). Jesús no sólo atraviesa nuestras puertas cerradas, sino que él mismo es la puerta a través de la cual volvemos a la vida. La puerta es un símbolo de la transición de un terreno a otro; por ejemplo, de este lado a aquel, del ámbito profano al ámbito sagrado. Durante la Edad media, las puertas de las catedrales siempre se decoraban con Cristo en el trono. Se sabía que sólo a través de Cristo se puede entrar en el terreno de la verdadera vida. Si nos tomamos en serio las palabras de Jesús, nuestra vida estará sana y completa y llegaremos a nuestro verdadero yo cuando atravesemos la puerta que es él mismo. Jesús se sirvió de dos imágenes para explicar lo que significa esta vida: entramos y salimos por una puerta y encontramos pastos. La vida en nuestro interior circula de un lado a otro de la puerta. No debemos dar vueltas en el interior de nosotros mismos, introvertidos. Tampoco vivir sólo en la superficie. Debemos saber que en los sueños no encontramos la llave que nos conduce a casa. Estas palabras se dirigen a los que no tenemos ninguna entrada a nuestro corazón, a nosotros mismos, a los que solamente caminamos por el exterior, sin ningún contacto con nuestra alma. Si cruzamos la puerta que es Cristo entraremos y saldremos, tendremos relación con nuestro corazón y, al mismo tiempo, daremos forma a este mundo. Encontraremos el alimento que realmente nos nutre.
Cristo como puerta es una buena metáfora de la Resurrección. Podemos seguir atrancando nuestras puertas. Cristo, como puerta a la vida, abrirá y atravesará nuestras puertas cerradas. Cuando él llega a nosotros a través de nuestra puerta cerrada, también volvemos a estar en contacto con nosotros mismos.
iSé consciente hoy de las puertas que atraviesas! Hay puertas que están confeccionadas artísticamente. Puertas que nos conducen a la libertad. Puedes dejar el ambiente viciado de tu despacho a tu espalda. Otras puertas abren habitaciones en las que te sientes completo, habitaciones grandes y hermosas, luminosas, decoradas con mucho gusto.
Toma estas habitaciones como ejemplo de la habitación de la propia casa de tu vida. E imagínate que conduces al Resucitado a través de todas las habitaciones de tu casa, para que abra todo lo que está cerrado, para que vuelva a la vida todo lo que está desconectado y reprimido. ¿Recuerdas suerios en los que las puertas desemperien un papel importante? ¿Qué puertas debes atravesar para que tu vida continúe, para que puedas alcanzar la habitación que hasta ahora te estaba vetada? ¿Dónde está la puerta que está esperando a que tú la abras?
La paz sea con vosotros (He 20,19-21)
Dos veces seguidas desea el Resucitado a los discípulos la paz (Jn 20,19.21). Esto es algo inusitado. Juan refleja en la escena de la tarde de Pascua lo que sucedía en cada celebración de la Eucaristía entre los cristianos primitivos. Entonces el obispo siempre comenzaba la Eucaristía con el saludo: «La paz sea con vosotros». Y todos los creyentes sabían entonces que el Resucitado estaba entre ellos. El Cristo resucitado les hablará entonces y les dispensará hasta el final el amor que se hace visible en la muerte y la resurrección de Jesús. Las palabras del evangelio de Juan son las palabras del Serior resucitado y ascendido. Con estas palabras Cristo habla a los discípulos sobre su ascenso al Padre. Con las mismas palabras nos habla a nosotros. Son palabras que proceden de la gloria del Padre y que llegan allá donde estemos. Son palabras de amor que se elevan sobre las fronteras de la muerte, que unen cielo y tierra.
La Eucaristía se puede entender a partir de las dos imágenes que Juan describe en esta tarde de Pascua: «Y les enseñó las manos y el costado» (Jn 20,20). El Resucitado no sólo nos habla cuando nos reunimos para partir el pan, sino que también nos muestra las heridas de sus manos y de su costado. Con sus manos atravesadas nos quiere decir que ha puesto la mano en el fuego por nosotros, que intercede por nosotros, que mantiene su mano de apoyo sobre nosotros. Lleva las heridas que taladran nuestras manos en nuestro lugar. Las manos de las heridas nos recuerdan todos los golpes que hemos recibido de otros, las manos que nos clavan las uñas, que no nos sueltan, que nos sujetan, que nos inmovilizan, que nos hieren. Nuestras manos están heridas cuando nos rechazan y nos vuelven la espalda. En cada Eucaristía debemos experimentar que Jesús toma nuestras heridas y se las inflige en sus manos. En el budismo, las manos abiertas significan que Buda no esconde ningún secreto. Así, Jesús también enseña con sus manos abiertas que lo ha mostrado todo. Él, que también nos muestra sus manos en la Eucaristía, quiere decirnos que somos sus amigos: «Yo os he llamado amigos porque os he dado a conocer todas las cosas que he oído a mi Padre» (Jn 15,15).
En la Eucaristía, Jesús nos ofrece su costado atravesado. De su costado manan tanto sangre como agua. Para Juan esto es una metáfora del Espíritu Santo, que se extiende sobre nosotros, el amor de Cristo, que fluye por nosotros. En la Eucaristía bebemos del cáliz la sangre de Cristo, y en su sangre el amor encarnado de Dios. Tomamos su Cuerpo en nuestras manos, para que a través de su Cuerpo sanen las heridas de nuestras manos. Y bebemos del cáliz su Sangre, que mana de su costado para nosotros para que el amor con el que Cristo nos ha amado hasta el fin lo impregne y lo transforme todo en nuestro interior. Igual que los discípulos, debemos responder al misterio del amor, que se hace visible en las manos y en el costado del Resucitado: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20). En el cuerpo y la sangre de la Eucaristía podemos ver al mismísimo Señor.
La segunda imagen de la Eucaristía que Juan muestra en esta tarde de Pascua está claramente en las palabras de Jesús: «Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros» (Jn 20,21). Resucitar significa para nosotros que también seremos enviados. No basta con que nos alegremos ante la presencia del Resucitado. El Resucitado nos envía al mundo para que continuemos repitiendo su palabra y para que sigamos siendo testigos de su amor. Cristo penetrará a través de nosotros en todos los ámbitos de este mundo. A través de nosotros cruzará las puertas cerradas de la gente, que se han encerrado en sí mismos por miedo. A través de nosotros mostrará a la gente sus manos y su costado. A través de nuestras manos tocará cariñosamente a la gente, les alentará y animará. Debemos agarrarnos las manos en su nombre y actuar por el bien de los hombres. Y a través de nuestro corazón, Jesús mostrará su costado a los hombres. Su amor fluirá a través de nuestro corazón en la soledad y el aislamiento de las personas.
¿Qué agarrarás hoy con tus manos? ¿A quién quieres tocar cariñosamente, a quién alargas tu mano para reconciliarte? ¿A quién quieres mostrar tu corazón, tu amor, tu benevolencia? Presta atención a tu corazón, a si te presentas ante los hombres con un corazón cerrado y estrecho, o con un corazón abierto y amplio. Imagina que Cristo resucitado quiere dispensar su amor a los hombres a través de tu corazón.
Jesús nos insufla su amor (Jn 20,22-23)
«Después sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos"» (Jn 20,22-23). Jesús sopla sobre sus discípulos y de esta forma tan tierna les transmite su Espíritu. Es su Espíritu personal, con el que ha vivido, con el que ha obrado, hablado y amado. Si nos sopla su Espíritu, podemos hablar, obrar y amar como él. Es el Espíritu Santo lo que nos sopla, pero al mismo tiempo es su Espíritu personal, la forma concreta en la que se ha acercado y ha hablado a los hombres. Lo que nos transmite es su carisma personal.
Soplar a otro significa darle lo más profundo que tenemos. Jesús nos sopla su amor. En nuestro aliento ya no sólo respiramos aire, sino el Espíritu de Dios, el amor de Dios. El místico persa Dschalal ed-din ar-rumi habla del aliento del aroma del amor de Dios, que nos recorre completamente. No existe ninguna comunidad íntima entre Jesús y nosotros cuando nos sopla su amor. Con cada respiración podemos sentir vívidamente su amor. Tenemos que sumergirnos completamente en esta respiración. Entonces podemos adivinar que, con cada inspiración, nos recorre el aroma del amor de Cristo. Esto nos regala una intimidad entre Jesús y nosotros que ya no podría concebirse más entrafiable.
El término griego para respirar, emphysao, se utiliza en el Génesis para hacer referencia al acto de la creación de Dios. El aliento de Dios despierta la vida en toda la creación. Así, el soplo de Jesús tiene también algo de creador. Jesús crea, con su Espíritu, una nueva realidad en nosotros. Y esta nueva realidad es el amor que nos recorre. Para Juan este amor se plasma, ante todo, en el perdón de los pecados. Aquí no se trata del perdón que obtenemos de Dios, sino del que nos dispensamos los hombres los unos a los otros. La capacidad de perdonar a alguien que me ha hecho darlo es, para Juan, una plasmación del Espíritu Santo que el Resucitado ha soplado sobre mí. Si no puedo perdonar al otro, sigo ligado a él, mi interior está lleno de enfado, de dolor y de tristeza. Los demás definen nuestro humor. Cuando, al respirar, me recorre el amor de Cristo, puedo perdonar al otro. Ya no tiene poder sobre mí. Los pecados separan a la persona, la excluyen de la comunidad y lo separan a sí mismo. El amor indulgente une a las personas divididas dentro de sí mismas y las devuelve a la comunidad. La vida puede entonces también volver a discurrir por ellos, y el amor a circular.
iPresta atención hoy a tu respiración! Imagina que, en cada respiración, inhalas el Espíritu de Jesús; que, con cada respiración, el amor de Jesús penetra en cada poro de tu piel. ¿Cómo te sientes entonces? ¿Qué gusto tiene entonces tu vida? Si ese amor es tu realidad más profunda, no supone ningún desafío para ti perdonar, ni ninguna sobreexigencia. Liberas las ofensas de los demás porque el amor te recorre y porque la amargura ya no tiene cabida en ti. Sentirás que el indulgente amor de Dios te libera del poder de las personas que te han herido. El perdón que te facilita el amor de Cristo sana tu pasado herido. Ya no sigues viviendo de las heridas de la historia de tu vida, sino de la realidad del amor que te recorre al respirar.
Buscar la vivencia (Jn 20,24-27)
En la figura de Tomás, Juan nos describe cómo nuestra fe en la Resurrección puede crecer en medio de la duda. La figura de Tomás siempre ha fascinado a los hombres. Con frecuencia se ha visto a Tomás como el escéptico. En Tomás podemos encontrar que nuestra fe se ve desconcertada continuamente por la duda. Nos parece simpático. Realmente es nuestro gemelo, representa exactamente lo que sentimos. Pero veamos qué es lo que Juan señala sobre la conducta de Tomás. Tomás no estaba allí cuando Jesús se apareció a los discípulos ni cuando les insufló el Espíritu Santo. Cuando los discípulos le contaron todo, no le bastó. Les respondió: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20,25).
En realidad Tomás aquí no es el escéptico, sino el que busca la vivencia. No se conforma con creer lo que otros le cuentan. Él quiere ver por sí mismo, sentir por sí mismo, tocar por sí mismo. Sólo entonces estará preparado para creer. Juan nos invita a seguir la escuela de Tomás y a aprender, como él, a creer en la Resurrección. Nuestra fe necesita de la experiencia. Creer que simplemente es cierto lo que otros nos cuentan va en contra de nuestro carácter. Nuestro deseo de experimentar a Dios, de experimentar la Resurrección, es legítimo. Pero si queremos sentir en nosotros la maravilla del amor, tenemos que dejarnos llevar, como Tomás, por la diferente e inesperada respuesta de Jesús.
Tomás pone unos requisitos para creer que para nosotros rozan lo estrafalario. ¿Por qué da tanto valor a la señal de los clavos en sus manos y al costado abierto de Jesús?¿Sólo puede creer en la Resurrección si toca las heridas de Jesús? ¿Necesita una prueba para confirmar que el Resucitado es el Crucificado porque le resulta increíble que aquel que murió bajo aquel tormento vuelva a estar vivo? Probablemente esta muerte completamente inesperada y dolorosa de Jesús en la cruz lo desconcertara tanto en su fe en el Mesías, que necesitó una prueba palpable para creer en la Resurrección.
Ocho días después de la tarde de Pascua, los discípulos vuelven a estar reunidos, esta vez también con las puertas cerradas. Ocho es el número de lo infinito, de lo eterno. El octavo día es el de la Resurrección, que no conoce ningún atardecer. Pero también es el domingo, en el que los cristianos se reúnen para la Eucaristía. Y los cristianos durante el siglo I, dice el evangelio de Juan, se reúnen a menudo tras puertas cerradas. Tienen miedo de las represalias del poder del gobierno romano. Pero las puertas cerradas también son símbolo de que continúan viviendo con miedo, de que el encuentro con el Resucitado durante la tarde de Pascua aún no les ha liberado a una fe confiada. Con el saludo: «iLa paz sea con vosotros!», Jesús se coloca en medio de los discípulos, como hace cada domingo cuando los cristianos se reúnen para partir el pan y se reúnen en torno al Resucitado. Juan quiere mostrarnos en Tomás cómo nosotros, que celebramos la Eucaristía domingo tras domingo, podemos aprender a creer en la presencia del Resucitado.
Jesús le concede a Tomás lo que le ha impedido a María Magdalena: que toque sus manos y su costado. La tarde de Pascua sólo mostró a los discípulos sus manos y su costado. Sólo anima a Tomás a que meta sus dedos en las cicatrices de sus manos y a que toque con su mano la herida del costado. En la Eucaristía, Jesús no sólo está en medio de nosotros, sino que además se deja tocar. Cuando deposita su cuerpo en forma de pan en nuestras manos, metemos el dedo en su herida. Es su carne, entregada por nosotros, entregada por la vida del mundo (cf Jn 6,51). Y cuando bebemos del cáliz bebemos su sangre, que mana de la herida de su costado. Entonces sucede justo lo que Jesús concede a Tomás. Cuando devotamente metemos nuestro dedo en las heridas de sus manos y nuestra mano en la herida de su costado, tiene lugar en sus heridas el milagro de la fe. Entonces se cumple la promesa que formuló en su discurso eucarístico sobre el pan: «El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él» (Jn 6,56). Juan utiliza en el discurso del pan la palabra trogon, que significa «masticar», «morder», pero también «golosear» (dulces). Se trata de una comida apetitosa que tiene lugar con todos los sentidos. En estos bocados entro realmente en contacto con la carne del Resucitado. Justo allí toco sus heridas, en las que tiene lugar el milagro de su amor para nosotros. Las heridas son para Juan símbolo de amor por el cual Jesús se ha entregado por sus amigos. Comer el pan de la Eucaristía, el pan que viene del cielo, masticarlo con todos los sentidos, es para Juan como un beso de amor con el que celebramos con todos los sentidos el amor del amado. Y cuando bebemos el vino, la sangre que mana de su costado, podemos decir como en el Cantar de los Cantares: «Qué delicioso tu amor, más que el vino» (Cant 4,10). Pero sólo podemos percibir ese amor en el pan y el vino, en el cuerpo y la sangre de Cristo, cuando no somos escépticos, sino creyentes, cuando creemos que el Resucitado está realmente entre nosotros y cuando realmente tocamos su carne y su sangre. ¿En qué experiencia puede invocarse tu fe? ¿Cuándo han hecho las dudas que tu fe sea más profunda y te han liberado de ilusiones? ¿Qué significa para ti meter el dedo en las heridas de Jesús? ¿Cuándo has experimentado al Resucitado y cuándo lo has tocado?
La confesión personal (Jn 20,28)
Tomás responde al ofrecimiento de Jesús tocando sus heridas con la confesión: «iSeñor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Es la afirmación más clara sobre la divinidad de Jesús en el evangelio de Juan. Juan representa de forma artística en el primer capítulo, en la llamada de los discípulos, cómo obtienen una compresión clarísima del misterio de Jesús. Los primeros dos discípulos se dirigen a él así: «Rabí (que significa maestro), idónde vives?» (Jn 1,38). Andrés le dice a Simón: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Natanael, que al principio duda, como Tomás, si de Nazaret puede salir algo bueno, reconoce finalmente después de que Jesús haya leído sus pensamientos: «Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel» (Jn 1,49). En el capítulo de la Resurrección, Juan vuelve a recurrir a la confesión de la historia de la llamada. También aquí escoge a alguien por separado, primero a María Magdalena en el círculo de las mujeres, y luego a Tomás en el círculo de los hombres. La comunidad como tal no puede creer. Creer es una cosa de individuos que tienen que comprender quién es Dios y quién es ese Jesús de Nazaret.
La exaltación en la confesión al final del evangelio de Juan se plasma en el «mi». Mientras los primeros discípulos llaman a Jesús rabí, María Magdalena dice: "Rabbuni. Mi Maestro». Jesús no es sólo un rabí cualquiera, uno que aventaja a los demás, sino que es su rabí. Ha demostrado con sus palabras, con sus heridas y con su muerte ser el rabí al que puede llamar «mi Maestro». En ese «mi» se refleja una profunda relación, una relación de cariñoso amor, una relación que crece a través de las experiencias, de los encuentros, de las palabras y los hechos de amor. De forma parecida retorna Tomás la confesión de Natanael: «Tú eres el hijo de Dios». Pero también añade el «mi»: «¡Señor mío y Dios mío!». No se trata de una fórmula teológica que sólo reproducen bien los dogmas de la Iglesia. Se trata de una confesión individual, que proviene de la experiencia. Y también aquí la experiencia es el amor que Tomás imprime a esta afirmación. El hecho de que Jesús acceda amablemente al enérgico requisito de Tomás de tocar sus manos y su costado es un símbolo de un amor capaz incluso de transformar a los escépticos y a los incrédulos. !Anota hoy tu propia confesión de fe! No te conformes con escribir lo que pone en el Catecismo o lo que has aprendido de otros. Intenta plasmar lo que Dios significa personalmente para ti, qué te dice Jesucristo, cómo entiendes la Resurrección. ¿Qué imágenes o nombres te vienen a la cabeza cuando piensas en Jesús? Di estos nombres en voz alta y añádeles el «mi». Escucha lo que dices con el corazón y lo que estas palabras provocan en ti: «Mi Pastor, mi Señor, mi Hermano, mi Amigo, mi Doctor, mi Roca, mi Refugio, mi Dios». Cuando lentamente dices con Tomás: «!Señor mío y Dios mío!», quizá vislumbres que en estas palabras coinciden todas las antítesis de este mundo. Coincide lejanía y cercanía, el amor y la imposición, la fe y la incredulidad, la duda y la certeza, Dios y el hombre, la experiencia y la no experiencia, el roce y la falta de roce. El Dios extraño y tu Dios, el impalpable Dios se hace palpable para ti, el intocable Dios deja que lo toques. Entonces desaparece en el amor la distancia entre Dios y tú, y eres uno en Cristo con Dios.
Creer sin ver (Jn 20,29)
Juan concluye la historia de Tomás con la frase de Jesús: «Has creído porque has visto. Dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20,29). Algunos creen que Jesús nos dirige estas palabras a nosotros, que no podemos ver vivo al Resucitado y, sin embargo, debemos creer. Pero si Tomás es un ejemplo para nuestra fe, debemos entender las palabras de Jesús de forma distinta. Las dos cosas se corresponden siempre con nuestra fe: como Tomás, debemos ver, sentir y tocar al Resucitado, pero vemos y no vemos al mismo tiempo. Hay períodos de nuestra vida en los que no vemos ni experimentamos nada. Queremos profundizar la fe a través de la experiencia, pero no podemos ligar nuestra fe a la experiencia. No podemos forzar las experiencias. Eso corresponde al camino de nuestra fe, que con mucha frecuencia atraviesa el desierto, el vacío, la oscuridad. Entonces no vemos nada.
Jesús ensalza a los bienaventurados que creen sin haber visto. Aparentemente se trata de una forma de fe aún más elevada en la que quiere instruirnos. La fe supera a la experiencia. La fe es con mucha frecuencia también una ausencia de experiencia. Pero en esta ausencia de experiencia se sigue aferrando a pesar de todo a Dios, el Invisible y el Impalpable. Muchos creyentes conocen esta falta de experiencia. Se meten en agujeros oscuros. Ninguna luz brilla en su oscuridad. Se quejan de sus heridas y no experimentan ninguna transformación ni ninguna sanación. Sin embargo, creen que están en las manos de Dios. No se trata de que nosotros, hombres del siglo XXI, ya no podemos ver a Jesús como los discípulos de entonces. Se trata del problema básico de que hay épocas en las que no podemos ver nada de lo que la Biblia nos promete, en las que no experimentamos ninguna curación, ninguna liberación de nuestro miedo, ningún consuelo ni ningún Paráclito que nos haga ver la luz al final del túnel. Aquel que cree a pesar de esta oscuridad es digno de ser alabado. Jesús no alaba lo imposible. Evidentemente, él mismo conoce este tipo de experiencias. En su agonía en la cruz, cuando todo parecía perdido, creyó sin embargo en Dios y se aferró a El. Muchos judíos que fueron conducidos a la cámara de gas se aferraron a Dios a pesar de todo el miedo y de todas las dudas y le clamaron. Existe la gracia de que, a pesar de no ver nada de la cercanía de Dios, de no ver ninguna persona a nuestro alrededor que nos apoye ni nos dé esperanza, sin embargo creemos. Es un don de la gracia que en lo más profundo de nuestro corazón haya una fe que no se deja expulsar tan fácilmente por las contrariedades. Esta frase del evangelio de Juan es la novena bienaventuranza, con la que culminan las ocho bienaventuranzas del Sermón de la montafía. iDescubre hoy esta bienaventuranza! Puedes dejar que Tomás te introduzca en la fe en la que cree, aunque no vea. Puedes intentar creer en el buen corazón de las personas que hay a tu alrededor, aunque no veas más que la ruidosa agresividad que sale a tu encuentro. Quieres creer que estás en las buenas manos de Dios, aunque momentáneamente no lo sientas. Quieres confiar en que tu enfermedad o la convalecencia de tu vecino tienen un sentido, aunque no lo comprendas. Intenta hoy ver lo invisible en lo visible, el amor en las heridas, la salud en la enfermedad, en todo con lo que te encuentras el amor del Resucitado que se plasma en ello. Entonces, como Tomás, tocarás en todo lo que palpes cuidadosamente a aquel que quiere tocarte con su amor.
La fuerza liberadora de la oración (He 12,6-17)
Lucas nos cuenta en los Hechos de los apóstoles qué aspecto tiene la fe que no ve, pero que sin embargo cree, y cómo podemos experimentar la Resurrección donde no se cuenta con nada. Herodes había ejecutado a Santiago. Cuando se dio cuenta de que los judíos estaban de acuerdo, también hizo prender a Pedro. Parecía que Pedro no tenía ninguna oportunidad. «La Iglesia oraba sin cesar por él a Dios» (He 12,5). Creía, aunque no veía nada, lo que decía sobre la salvación de Pedro. Herodes era un gobernante brutal. Con el asesinato de Santiago se había ganado la simpatía del pueblo. De ahí que quisiera continuar con esta política y enviar a Pedro a la muerte. Sin embargo la Iglesia, que creía aunque no veía, tuvo razón.
«La misma noche en que Herodes iba a hacerlo comparecer, Pedro estaba dormido entre dos soldados, atado con cadenas; los centinelas montaban la guardia en la puerta de la cárcel. De repente se presentó un ángel del Señor, y la celda quedó toda iluminada. El ángel tocó a Pedro en el costado y lo despertó diciendo: "Levántate enseguida". Y se le cayeron las cadenas de las manos» (He 12,6-7). El ángel condujo a Pedro fuera de la prisión. «Pedro salió y lo siguió, sin saber si era realidad lo que el ángel hacía, pues se figuraba que era una visión» (He 12,9). Sólo cuando el ángel lo dejó en una callejuela vuelve Pedro en sí y se dice: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de la mano de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo judío» (He 12,11). Cuando llamó a la puerta de la casa en la que sabía que la comunidad estaba reunida, la criada reconoció su voz, pero los demás no la creyeron. Le dijeron: «Estás loca» (He 12,15). Aunque habían orado por la salvación de Pedro, no se lo creyeron cuando ocurrió. Sólo cuando Pedro les cuenta cómo el ángel del Señor lo sacó fuera de la prisión, creen.
La situación de Pedro es desesperada. Encarcelado, con dos cadenas entre dos soldados, no tenía ninguna oportunidad. Pero Dios puede hacer posible lo imposible. Con esta historia Lucas quiere alentar a los cristianos, mostrando que la Resurrección también es posible para ellos en medio de la persecución, también en el encarcelamiento sin esperanza. El evangelista también quiere animarnos a creer cuando todo parece perdido. Aunque no veamos ninguna luz en nuestra prisión, aunque las cadenas de nuestro miedo sean demasiado fuertes, aunque parezca que no tenemos ninguna oportunidad de liberarnos de nuestras ataduras e impedimentos, puede Dios enviarnos a su ángel en cualquier situación para liberarnos. No debemos abandonar la esperanza. Debemos creer en la Resurrección aunque aún no la hayamos vivido ni la hayan experimentado nuestros hermanos y hermanas. Sin embargo es posible. Dios puede enviarnos a su ángel. Y entonces se liberan las cadenas y los ángeles ya no tienen ningún poder. Ya no nos dan miedo. Podemos caminar libremente entre ellos.
El ángel del Señor también entra hoy en tu prisión. Te saca cuando te sientes encarcelado, encadenado, estancado, bloqueado, cuando estás entre soldados, cuando la voz de tu súper-yo te ha conducido a la necesidad. Apunta las palabras que el ángel le dice a Pedro: «Levántate enseguida. Cíñete y sígueme». Confía en el ángel que quiere conducirte hasta la libertad. Y ábrete a que Dios quiera enviarte como ángel a las prisiones de los demás. Libera a tu hermano o hermana y anímale a ponerse en pie y a recorrer el camino de la libertad. Las puertas se abren y el poder de Herodes se derrumba en ti. Lucas nos cuenta que Herodes se ve infestado por gusanos y muere. Si seguimos al ángel que nos libera y nos conduce a la libertad, se contrarrestan entonces las poderosas voces del súper-yo. Se sueltan. Somos libres para recorrer nuestro propio camino, el camino de la Resurrección.
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